¿Qué harías tú si no tuvieras que hacerlo perfecto?

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En el teatro, y aún más en el cine, el peor error de principiante que cometemos todos consiste en tratar de hacerlo bien.

Estás ahí, con millones de horas de películas vistas a tus espaldas, con tu actor favorito en la mente, y te dan tu primer (o segundo, o tercer) papel. No eres la protagonista en Black Swan pero igualmente quieres ser Natalie Portman. Así que la visualizas a ella y planeas en tu mente cómo vas a decir el texto, qué cara vas a poner, incluso qué vas a sentir. Lo visualizas todo para hacerlo perfecto.

Claro que cuando llegas al ensayo nada de eso funciona, es más bien ridículo. Y si encima tienes una cámara delante de tu nariz, que parece que es capaz de grabar hasta lo que pasa por tu estómago, se hace más clara la evidencia de que no puedes engañar a nadie.

¿Por qué? – te preguntarás. Lo primero, porque no eres Natalie Portman. Lo segundo, y más importante, porque ella contaba con años de experiencia en el momento de meterse en la piel del cisne negro y tú acabas de empezar. Este es el mejor ejemplo que se me ocurre sobre lo que es “mezclar churras con merinas” – que por cierto, son ovejas – y sin embargo lo hacemos todos constantemente.

En el teatro estas ganas de perfección te bloquean, porque en vez de sentirte libre para probar, equivocarte y experimentar, el perfeccionismo es la negativa que te impide avanzar. 

Para un actor es vital ser vulnerable a lo que está pasando aquí y ahora, y dejarse empapar por las emociones del momento. Interpretar tiene mucho que ver con vivir y muy poco con actuar. Sin embargo, romper este perfeccionismo que nada tiene que ver con hacerlo bien, es el primer reto de cualquier estudiante de interpretación.

Hablo de los actores porque es lo que conozco y estoy viviendo, pero no somos las únicas víctimas. Le pasa a cualquiera en fase de creación: fotógrafos, pintores, escritores, guionistas… y también emprendedores.

Quieres hacer diez fotos y que éstas sean perfectas, cuando las exposiciones de los fotógrafos más conocidos se componen de las diez mejores fotos de toda su vida disparando instantáneas. 

Olvidamos rápidamente que aquellos que son grandes y admiramos hoy, fueron también gente que probó y pasó por hacerlo mal, pero no se cansó de intentarlo.

Así que personalmente, sigo fijándome en grandes actores y actrices, pero de vez en cuando me pongo algún vídeo como este para equilibrar.

En España se nos da muy bien criticar a quien empieza algo, a quien prueba. Parece que tienes que ser un experto en la materia para simplemente hacerlo. Cuando pienses que en otros países la gente es más creativa o tiene más ideas… párate a pensar en que quizá lo que pasa es que simplemente tienen menos miedo a correr el riesgo de probar. Así que lo intentan, juegan al ensayo-error tantas veces como sea necesario hasta conseguir algo increíble.

El perfeccionismo no es una búsqueda del mejor resultado final, es esa parte de nosotros mismos en plena ebullición que nos dice que ésto no es lo bastante bueno.

Un cuadro nunca está terminado, sólo se detiene en lugares interesantes – Paul Gardner

Si pudiéramos salir de nuestras cabezas y no pensar, si no pasar a la acción. Liberarnos de esos límites que nos autoimponemos por el miedo a parecer imbéciles. Si aceptáramos que hacer algo implica que pasemos por hacerlo mal. Si no nos exigiéramos el éxito, ni el reconocimiento por parte de los demás.

¿Hasta dónde podríamos llegar?

Carlos de Matteis, uno de mis profesores, nos dijo algo que se me quedó grabado justo antes de salir a actuar por primera vez:

No lo hagáis perfecto, la perfección no existe. Hacedlo lo mejor que sabéis hoy, porque mañana seréis mejores

   ¿Qué harías tú si no tuvieras que hacerlo perfecto?

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Estar en paro y feliz no está bien visto

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Quedarse en paro es una putada.

La edad, la hipoteca, los niños… todo suma a la hora de ponernos las cosas difíciles y de meternos la urgencia para conseguir un trabajo “de lo que sea” en la boca del estómago con tal de ingresar una nómina a final de mes.

Y lo cierto es que el hecho de estar más liberados de cargas no nos alivia ni nos hace sentir mejor: yo no tenía ni hipoteca, ni hijos, y además contaba con el apoyo de mi pareja. Objetivamente podía relajarme, pero eso no impidió que por momentos, según iban pasando los días, me fuera haciendo más pequeñita, perdiendo la confianza en mí misma. ¿Es que nadie iba a darme ninguna oportunidad?

Aprendes a hacer malabares con cada céntimo, evitas cualquier mínimo gasto y dices adiós al más pequeño de los caprichos.

Ahora tu vida es infojobs, jobtoday y demás. Mandas más Cvs que whatsapp y te acabas convirtiendo casi en un adicto: yo acabé enganchada a los mails con nuevas ofertas dentro de mis motores de búsqueda, no es broma. ¡Después de conseguir trabajo seguía mirándolos inconscientemente! Pero bueno esto es otro tema, quizá dé para otro artículo.

De repente tienes todo el tiempo libre del mundo, pero llegas a ese punto en que tu cabeza no hace más que darle vueltas a la misma pregunta:

¿Y ahora qué voy a hacer?

Y eso no es lo peor: Más duro es ver con qué cara de pena te mira alguien que quizá acabas de conocer y te pregunta a qué te dedicas. Los ojos que te pone ese amigo al que notas que evita conscientemente preguntarte por trabajo porque ya le incomoda el tema hasta a él. Lo miserable que te sientes tú cuando tu pareja, tus padres, o quien sea te pregunta “¿qué tal te ha ido hoy? ¿qué has hecho?” y cómo esa pregunta tan cotidiana puede ponerte a la defensiva en un segundo, como si tuvieras que dar explicaciones.

Aunque quizá lo que más duela – y lo más injusto – sea ver cómo tu autoestima va mermando hasta casi desaparecer. Te cuestionas a ti mismo, lo que sabes hacer, y empiezas a pensar que quizá no sirvas para mucho más que quedarte en casa debajo del edredón. Al fin y al cabo hay gente muy preparada por ahí y tú…

y tú…

Deberías frenar esos pensamientos justo ahí.

El paro es otra etapa más, igual que has vivido miles, y que no va a durar para siempre. El mundo laboral es cada vez más precario y más difícil, lo escuchamos por todas partes pero no puedes seguir torturándote: Estar desempleado puede ser una oportunidad para redescubrirte, coger impulso y seguir hacia delante.

Como siempre, hay que verle el lado positivo, y en este caso está muy claro:

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Por fin tienes tiempo de explorar, de hacer cosas que te llenan, incluso de cumplir todas aquellas listas de cosas que hacer antes de los 25, o de los 30, o antes de morir y que estén ahora en tu mano. No tienen por qué ser cosas que impliquen mucho dinero.

Recupera una sensación de seguridad: cuando pierdes tu trabajo parece que cualquier cosa que hagas está automáticamente bajo el ojo que juzga de todos los demás. ¡No es cierto! tu vida no tiene por qué ser cuestionada, sigue siendo tuya.

Sea cual sea tu caso, estoy segura de que será clave que te valores, sigas confiando en ti mismo y cuides tu autoestima.

Cualquier meta se aleja si no crees en ti.

Y quizá sí, quizá lamentablemente te encuentres en una situación en que necesites un trabajo inmediatamente; pero en muchos casos no hay razón para tanta urgencia. Si te paras a pensar, puede que esa necesidad la estén imponiendo otros desde fuera o la estés sintiendo por culpa de las convenciones sociales que traemos en la mochila. Estar en paro y ser feliz no está bien visto, claro que no, pero está claro que tenemos que cambiar el chip para que las cosas también cambien.

Silvia, la que antes fue mi jefa y siempre ha sido amiga, hoy me ha dicho una gran verdad: cuando tú no estás bien, hay que tomar decisiones porque algo tiene que cambiar. Y si ese algo no puede ser – de momento – incorporarte en un trabajo, deberá ser al menos un cambio de actitud.

Así que si estás en esta situación desde aquí te animo a que te tomes todo el tiempo que necesites. A que explores, pruebes, dediques tu tiempo a lo que te apasiona, explotes tu creatividad, te descubras cada día y aprendas algo más sobre ti y sobre dónde quieres que se dirijan tus pasos.

Apuesto a que pronto habrá un giro de guión.

Contéstame a esta pregunta: ¿si no fuera una locura, qué te gustaría hacer?

Y ahora si estás subscrito a la newsletter, estate atento porque en estos días te mandaré un pequeño formulario de preguntas que buscan respuestas rápidas que puede que te sorprendan… y si no: ¿a qué estás esperando para estarlo?

Los “noes” de tu vida

Desde niños, parte de nuestra educación está basada en un montón de “síes” y “noes” que sirven principalmente para protegernos de lo que nos espera fuera, para convertirnos en adultos menos vulnerables: “no metas los dedos en el enchufe, no comas tantas golosinas, estudia… etc.”

Todos ellos, se establecen en nuestra cabeza y son los responsables de buena parte de nuestras decisiones diarias. Algunos son básicos y necesarios para vivir civilizadamente, otros son culturales: convenciones sociales que nos vienen establecidas y que toman el control de nosotros mismos cuando ponemos el “modo automático”.

¿Qué es eso del modo automático?

Es ese software que se activa en nuestro cerebro y nos lleva a cumplir paso a paso lo que se espera de nosotros. Ese que te anima a seguir en una relación de pareja por el simple hecho de que lleváis diez años juntos, el que te empuja a seguir en ese trabajo que encontraste al salir de la universidad porque tal y como están las cosas, cualquier se plantea otra cosa… etc.

Está activo en todos y cada uno de nosotros en mayor o menor medida, y está muy bien ¿eh? Hay a quien le funciona perfectamente seguir el camino del éxito establecido, quien tiene pánico a ciertas dosis de riesgo en su vida, y lo que le da tranquilidad, seguridad y felicidad es precisamente no sacar un pie fuera de lo que llamamos “zona de confort”. Seguramente estás harto de escucharlo en todas partes. Tranquilo que no seré una más, pero si estás aquí es porque ese modelo automático a ti no te está funcionando.

Lo que de verdad me gustaría es que te plantees cuánto hay de verdad en eso. Cuánto de autenticidad, de ti mismo hay en esas acciones, en esas decisiones, en esa parte de tu vida; porque te diré una de mis grandes verdades: 

NO TIENES QUE SER LO QUE SE ESPERA DE TI

Cuando somos niños, nos es muy fácil soñar. Pensar que de mayor queremos ser astronautas, o bomberos. Bueno yo quería ser peluquera, que es menos exótico, pero igualmente soñaba sin parar. Seguro que tú también tenías alguna idea que fue apagada con un jarro de realidad. Quizá pintabas muy bien, y fantaseabas con la idea de estudiar pintura. Tocabas algún instrumento, y esas clases de música se han quedado en el tintero. O tal vez son las clases de baile, de tango, de teatro…

Puede que en algún momento confiaras en alguien para contarle tu sueño y te soltara un “no” que hayas guardado inconscientemente en la recámara porque fue el “no” que evaporó tu creatividad, tus ganas de soñar, y que activó ese modo automático porque pensar en otra cosa… ¿no vale la pena?

Es muy probable que esos “noes” se hayan clavado fuerte e inconscientemente se hayan convertido en los noes de tu vida. Los que, quizá sin darte cuenta, rigen un montón de decisiones porque ahora eres tú quien los ha adoptado y te repites a ti mismo que no vale la pena ya apuntarte a clases de canto.

¿Y si los destapamos?

Te propongo algo: coge papel y lápiz y en un rato que tengas para ti, sin que nadie te moleste, haz un viaje en el tiempo y escribe una lista con tus monstruos históricos. Esos que alguna vez te dijeron algo que aún hoy retumba en tu cabeza. Sí, aquel imbécil de sexto que dijo que eras el peor delantero del mundo; o aquella pedorra que te dijo que con tantas faltas de ortografía cómo ibas a querer ser escritora…

¿Crees ahora que tenían razón?

 

Con toda tu ira

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Hay un momento en la vida que no sé por qué despiertas. Algo cambia. Algo detona lo inevitable y parece que toda tu paciencia se te haya escurrido entre los dedos.

Que si nos hacemos mayores, que si yo ya estoy “pasado de vueltas”, que si ya no tengo tanta paciencia… Seguro que tú también has dicho una de estas frases o similar. A mí me pasó, hace algo más de un año. Vivir un ERE y todo lo que supone encendió la chispa del “hasta aquí las tonterías” aunque en ese momento todavía no era consciente.

¿Y qué cambia?

Cambia que de repente te encuentras en situaciones donde conformarse ya no vale. Estás ahí frente a una injusticia o frente a un escenario que ya no te encaja y simplemente no puedes dejarlo pasar y entonces llega ella: la ira. La sientes en tu estómago, la sientes como arde y te sube por la garganta hasta que se te hincha la vena y te cambia la cara.

¿Qué te voy a contar? ya sabes de lo que hablo. ¿Y ahora qué? ¿Aprender a controlarla? No, gracias. 

La ira es como un combustible.

La sentimos y queremos hacer algo. Necesitamos cambiar algo. Sin embargo como normalmente lo primero que nos viene a la cabeza es tirar la mesa de la oficina en este plan, tendemos a ignorarla por nuestro propio bien y el de los que tenemos al lado. Pero no, la ira hay que escucharla. 

Y es que no es más que una voz interior que como un mapa, nos marca nuestros propios límites. Es nuestro “por ahí no paso”. Desde luego no hay que actuar nunca movidos por ella, pero sí hay que atenderla porque nos marca la dirección, nos indica el camino, hacia dónde queremos ir.

Es señal de que nuestro cuerpo no está siguiendo la corriente sino que estamos bien despiertos en busca del cambio, de la mejora.

¿Cuántas veces no tenemos ni idea de lo que queremos pero sí que tenemos claro por dónde no vamos a pasar?

La ira es el combustible que a veces necesitamos para coger fuerzas hacia una nueva vida.

Qué hacer ante una decisión difícil

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Te preguntarás qué pinta Arnold Schwarzenegger inaugurando este artículo. Efectivamente has adivinado la respuesta: no pinta nada, sólo que tenía esta foto por ahí, no me preguntes por qué, y creo que no hay ocasión mejor (ni peor) para publicarla así que aquí está, disfrútala.

Bien, superado lo de Arnold, vayamos al tema que nos ocupa: Las decisiones jodidas.

Seguramente entiendas como decisión “difícil” aquella del tipo: ¿estudio magisterio o derecho? ¿me compro una casa o no? ¿tengo hijos o no? ¿me mudo a Madrid o Barcelona? ¿me hago actor o gobernador? En fin, ya habéis captado lo que quiero decir, al hablar de decisiones difíciles, todos pensamos en temas trascendentales aunque si lo piensas, no tiene por qué.

Lo que convierte una elección en algo fácil o complicado son sus alternativas. En las primeras, tenemos delante de nuestras narices una opción que claramente es mejor que la otra. Es medible objetivamente. Algo así como: ¿qué prefieres que sea lunes o sábado? Sin embargo en las chungas, tenemos cosas buenas y malas en cada una de las alternativas.

Entonces es cuando hacemos listas infinitas de pros y contras, intentamos que una sume más puntos positivos, buscamos quizá la opinión de los demás… Nos acabamos volviendo locos porque lo cierto es que ninguna alternativa es mejor que la otra. Yo al menos pierdo horas, días, semanas, haciendo millones de listas porque:

a) me encanta hacer listas de cosas, para qué negarlo, tengo un blog y eso lo llevamos en la sangre.

Y b) necesito analizar absolutamente todas las posibilidades antes de decidir algo.

Pero repito: ninguna alternativa es mejor que la otra

Así que cuando estamos frente a una pregunta del tipo: ¿emprender o buscar trabajo? ¿seguir en este empleo o cambiar? ¿vivir en la ciudad o en el campo? ¿comer melocotón o piña? si no existe una alternativa realmente mejor ¿qué hacemos?

Pues lo normal es que actuemos en base al miedo y optemos por la salida más segura dándola así por buena.

Pero si realmente no hay una opción que sea mejor que la otra, ¿no te parece ridículo este comportamiento? Si no hay salida “buena”, ¿porque no coger la que quieras? en vez de estar buscando unas justificaciones objetivas que no existen.

Una idea muy obvia, pero que – imagino que como tú – no me había parado a pensar nunca hasta hace muy poco.

Sigo siendo un poco desastre tomando decisiones pero hay algo que ha cambiado:

Cuanto tengo que tomar una decisión difícil dejo de buscar razones objetivas fuera de mí para buscarlas dentro: ¿qué quiero de verdad hacer yo? 

Doy por hecho que las dos opciones juegan en la misma liga, que una no es más válida que la otra, que no hay posibilidad de equivocación real. En ambas me puede ir bien o mal. Así que empiezo a buscar, a definir razones subjetivas que me importan a mí y tomo la decisión en base a ellas. Estas verdades, son las que me identifican como persona. Las que me diferencian del resto. No sé qué elegiría otro en mi situación pero sé lo que elijo yo, aunque no tenga ninguna garantía de acierto.

Así que cuando estés en una situación así, deja a un lado los motivos que te vienen dados objetivamente para sacar los tuyos propios, y ser fiel a tus ideas. Es la clave para construir, a golpe de decisiones difíciles, la persona que quieres ser. 

 

 

 

Esta vez sí: encuentra tu trabajo ideal

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El trabajo ideal de la vecina del quinto no tiene porqué ser tu trabajo ideal. Ni donde más dinero se gane, ni donde más días libres vayas a tener. Tu trabajo ideal es el que encaja contigo y tu situación. Asúmelo. 

Ya lo decía Einstein: “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”

Esta vez sí, vas a encontrar tu trabajo ideal en base a lo que eres y tus necesidades, porque yo te voy a dar un enfoque distinto para que pongas en práctica en tu búsqueda a partir de ya. Así de maja soy.

¿Cuántas veces hemos mandado un cv a algún sitio por el simple hecho de que nos lo hayan recomendado? ¿O porque conozcamos a alguien que esté contento trabajando allí? Quizá a alguien le haya salido bien pero desde luego no es la manera.

A estas alturas deberías saber que el proceso empieza en ti. Y si no lo sabes, antes de seguir, tienes que leer esto, y esto como mínimo.

Aunque no es suficiente, porque sería de idiotas obviar que hay una realidad que te rodea y te condiciona. Como decía el filósofo con el que comparto apellido, “Yo soy yo y mi circunstancia”. ¿Cuáles son tus circunstancias?

Antes de ponerte a buscar y lanzar cvs por el universo digital, te propongo que cojas lápiz y papel. O boli si quieres, pero coge algo que pinte. (Ya sabes lo que me gusta recurrir a la escritura) Las grandes ideas nacen de un brainstorming y tu futuro laboral no va a ser menos. Así que vamos a hacer uno, pero en vez de pensar en puestos de trabajo, o en ideas de negocio; vamos a empezar al revés:

Escribe las condiciones que son compatibles con tu situación actual:

Horarios, posibilidad de viajar, cuánto tiempo puedes invertir en llegar hasta la oficina… Pon las ideales, pero también sé realista y ajústate al máximo que puedes ceder. Esto te servirá para tener claro sobre todo qué condiciones no puedes aceptar, así te evitarás meterte en proyectos que acaben amargándote la vida o complicándote tu rutina.

Piensa en trabajos anteriores y escribe las tareas concretas que más te gustaban:

Muchas veces idealizamos los trabajos, y nos sumergimos en proyectos que pensábamos nos gustarían, pero en seguida descubrimos que no son lo que habíamos pensado, y ahí llega la decepción. Para ser realista, no sólo tendrás que tener en cuenta tus aptitudes o tus estudios, si no de una manera más concreta, tener claro qué se te daba bien. ¿En qué tareas concretas disfrutabas más? ¿Qué aspectos de tus anteriores trabajos te motivaban? Apúntalo todo. ¿Hay patrones que se repiten? Esto te va a dar muchas pistas para saber qué te hace feliz y hacia donde tirar.

Ahora todo lo contrario, momentos mierder en tus trabajos:

¿Qué te agobiaba? ¿Qué te hacía no querer ir a trabajar? ¿Qué te desmotivaba? ¿Qué cosas te daban infinita pereza cuando tocaba ocuparse de ellas?

¿Qué cualidades te definen?

Este paso es delicado porque tendrás que ser honesto. Cuidar las creencias erróneas y fijarte sólo en aquello que de verdad te define, tanto en tu vida laboral como en la personal. Seguro que tienes cualidades geniales (que sí hombre, seguro que sí) a nivel personal, que podrían explotarse en un puesto de trabajo. Apúntalas.

Si has seguido todos los pasos, ahora tendrás una hoja de papel con un montón de pistas. Aunque de entrada te parezca todo un follón, estoy segura que si le pones atención empezarás a encontrar conexiones. Si te es muy difícil, siempre puedes acudir a alguien con la hoja para que te ayude en EL PASO FINAL (te estoy haciendo un redoble de tambores con la batería, así que imagínatelo)

 EL PASO FINAL

Ahora se trata de que como si esto fuera un juego, vayas pensando en profesiones, puestos de trabajo, o ideas de negocio que cumplan las condiciones de los pasos anteriores. Tiene que ser algo que se ajuste a tus condiciones personales; que vayas a disfrutar de verdad, y para ello te basarás en tareas concretas que has hecho encantado de la vida en anteriores trabajos, eliminando así idealizaciones sin sentido. Te asegurarás, en la medida de lo posible, de que tus tareas más odiadas no formen parte de tu nuevo trabajo, con lo cual esto pinta genial; y además, como te has basado también en tus cualidades personales, estoy segura que será un triunfo total porque está claro que vas a aportar valor, y ser bueno ello.

Ahora sólo falta que cuando te contraten, o montes tu empresa, me pases un % de tu sueldo porque acabo de darte gratis la clave del triunfo.

¿Eres un experto o un culo inquieto?

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¿Qué quieres ser de mayor? Una de las preguntas más difíciles a la que nos enfrentamos desde pequeños. 

Yo nunca supe qué contestar. Cuando era pequeña quería ser peluquera, luego profesora, y luego bailarina. En el instituto se me daba muy bien la informática, empecé a hacer páginas webs, pero también devoraba libros y me gustaba tantísimo escribir que llegué a crear pequeños cuentos. De mayor tuve trabajos distintos y para echarle más leña al fuego, paralelamente iba haciendo otras cosas que respondían al resto de inquietudes personales que tenía: así que era actriz, escritora, creativa, community manager, runner y tocaba la batería… ¡todo esto sólo en mi tiempo libre!

No tenía una sola vocación ni un solo interés. Me interesaban muchas cosas, quería probar, arrancaba muchos proyectos que abandonaba después y me sentía mal por ello. Me sentía mal porque siempre me habían dicho: sé una cosa, y sé la mejor en eso. Algo que iba totalmente en contra con lo que estaba viviendo, con mi esencia. ¿Qué era yo?

Yo era, y soy, un CULO INQUIETO

Las personas que son culos inquietos, son gente con multipotencial. Aquellas que seguramente habrán sentido en muchas ocasiones que deberían centrarse en algo en vez de saltar tanto de idea en idea. Gente con un montón de intereses distintos, sin uno particular que resalte entre ellos y al que poder llamar “vocación”. Personas que sienten que podrían encajar en un montón de puestos de trabajo diferentes porque hay varias cosas que se les da bien, pero que tienen problemas a la hora de definirse, porque creen que no destacan en nada concreto.

Si eres de estos, seguramente te habrás sentido “amenazado” o superado cuando buscas trabajo o quieres meter la cabecita en un area en concreto, porque hay personas muy especializadas y enfocadas en ese sector que te llevan años de ventaja en lo que a experiencia y dedicación se refiere. Estos últimos son los expertos.

Las personas a las que llamo expertos, son aquellos que tienen un interés determinado muy fuerte, una vocación más clara, y trabajan para llegar al fondo del tema, ser los mejores en su campo, los que más controlan, los que más saben.

Los expertos normalmente sufren menos a lo largo de su vida, porque este tipo de personalidad es la que está más aceptada socialmente y la que nos inculcan desde niños, así que la mayoría de ellos encaja y no hay drama.

La buena noticia es que seas lo que seas tú, hay una solución; y te lo digo yo que soy DEL PRIMER GRUPO. La clave es que te identifiques dentro de un SEGMENTO y empieces a actuar en consecuenCIa.

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Pero a veces no es tan sencillo. Hay casos de gente que tiene multipotencial y vive disfraza, al igual que hay expertos que no saben que lo son.

Las del primer caso, son aquellas personas que viven castigándose eternamente por no centrarse en algo, que creen que están perdiendo el tiempo constantemente y que nunca llegan a nada. Esas que cuando se fuerzan a especializarse en algo, no están del todo felices porque sienten que se han equivocado o que lo que hacen no les llena realmente.

Los expertos disfrazados, son aquellos que van picando de aquí y allá, probando muchas cosas distintas pero no por el hecho de que se sientan de verdad interesados en todas ellas; si no que van cambiando porque al sentir que no son los mejores en un campo concreto, piensan que no merece la pena seguir por ahí. Quieren ser especialistas en algo pero no se permiten a sí mismos seguir el proceso natural de aprendizaje para llegar a serlo.

La parte más difícil es ubicarse, porque después, sólo tendrás que darte tiempo de especializarte en aquello que de verdad es tu pasión, si eres un experto; o si eres un culo inquieto, encontrar un trabajo que te permita desarrollar tus diferentes aptitudes, y combinar varios de tus intereses a la vez. 


Hace tiempo, encontré una charla que me abrió los ojos sobre estos conceptos. Dame tu email, y te la envío:

¿TE APUNTAS?