Un llavero de pelo

Lo de la Juana se veía venir, que siempre ha sido muy rarita. Es verdad que se hacía respetar por todos, pero era una de esas personas que caminan sobre la delgada línea que hay entre quienes dan miedo y quienes resultan ridículos. Y ella caminaba fuerte, eh. Temblaba la oficina cuando cruzaba el pasillo al lado de nuestros escritorios, con esos 95 kilos de peso hacia el baño. Siempre a dieta, eso sí, comía piña y jamón cada día, “yo lo que tengo es mucha retención de líquidos y esto ayuda a deshinchar” – decía. La papelera de su despacho solía desarmar sus argumentos con bolsas vacías de pelotazos tamaño xxl.

La Juana era singular. Le gustaban los hombres con mucho pelo. “Es que si no tienen pelo, no son hombres de verdad” – nos decía. Repartía sabiduría gratuita con sus ciencuentaypico llenos de historias. Solía pedirnos que le hiciéramos aquellas preguntas que de adolescentes no nos habíamos atrevido a preguntar a nuestras madres, y aunque nunca nadie cruzó la línea, en sus días de mejor humor aprovechaba su propia cercanía impuesta para contarnos sus aventuras adolescentes sin ningún pudor.

Una de sus historias más recurrentes era la de su último novio, un sesentón con una barriga como de ocho meses de embarazo, nos contaba entre risas. “Estreñido desde pequeño, de siempre, de toda la vida. ¿Veis? Eso pasa por no saber captar las señales a tiempo. ¿Qué vas a esperar de un hombre que está lleno de mierda a explotar?” y se reía, muy fuerte y con la boca muy abierta, frente a la sonrisa tímida del resto de la mesa.

Un día trajo un llavero. Una bola pequeña rosa con una cadenita plateada. Lo posaba sobre la mesa al lado de su tupper y a veces lo atusaba mientras comía. Yo tardé en darme cuenta, pero enseguida empezó a ser el tema de conversación de media oficina. Al principio sólo lo sacaba a la hora de la comida pero después lo acariciaba también en las reuniones. Incluso había aparecido un día con un pequeño cojín rojo de terciopelo que colocó justo al lado del ordenador, para el llavero, claro.

Una vez me contaron que la vieron en el baño con él. Se reía sola, con el llavero en la mano, acariciándolo. Cuando se dió cuenta de que la miraban se puso blanca, pálida, como si la hubiera pillado viendo porno en el trabajo.

Al final nos acostumbramos. El rumor pasó a menos. La gente empezó a aceptarlo. Ya se sabe, la edad llena de manías y excentricidades a las personas, y ella como está sola…

Un día salió corriendo del baño, como una loca, como si tuviera que quitar la sartén del fuego justo antes de que estallara en llamas su cocina. LLegó hasta Laurita, la recepcionista, y empezó a balbucear: “LLama al fontanero, llama, ¡corre! tienes que hacer algo”. Se llevaba las manos al pecho secándose el sudor de las manos en la blusa y respiraba como si le fueran a explotar los pulmones en cualquier momento. “Que se me ha caído, no sé que he hecho que al levantarme, se me ha caído y como ya había tirado de la cisterna cuando metí la mano ya era tarde”. Laura se quedó muda, mirándola, sin reaccionar, y entonces la Juana se la echó a llorar allí, delante de todos. “Tú no lo entiendes, ¿verdad?” y se fue. Se cerró en su despacho y nadie la vió salir.

La semana siguiente no apareció por la oficina. Que estaba mala, había dicho.

El 28 de diciembre abrimos los papelitos minúsculos que habíamos sacado con los ojos cerrados de una enorme bola de cristal, y que nos asignaban una víctima para el regalo del amigo invisible. Vaya inocentada, ahí estaba: Juana Martín ponía en el mío.

La idea era fácil, claro. Me pateé medio Madrid en busca de un maldito llavero que fuera parecido. Los encontré en alguna tienda pero con orejas de gato o alguna patochada similar. Sabía que tenía que encontrar el llavero de pelo exacto, o no funcionaría. Acabé harta de souvenirs con el dichoso oso y el madroño, pero de repente un día, caminando por Lavapiés lo vi. Aquella miníscula tienda acumulaba en menos de veinte metros cuadrados infinidad de objetos curiosos y llenos de color, bolsos, artículos de decoración de todo tipo, bisutería y en el escaparate, clavados en un corcho, una selección de llaveros de lo más variopintos, entre ellos llaveros de pelo de colores. Elegí el rosa, el de la Juana, y el día de entregar los regalos lo dejé en una pequeña caja de madera en su escritorio.

Aquel día Juana tampoco salió de su despacho.

Los días siguientes Juana llegó a la oficina más risueña. Dejó de comer sólo piña y jamón. Había descubierto una nueva starapp que se dedicaba a cocinar tuppers para la gente que come en el trabajo y les contrataba cada día. Solía meter la mano en el bolso largo rato de vez en cuanto y yo sospeché que llevaba ahí mi llavero pero nunca se lo pregunté. Ella tampoco me dijo nunca nada. Al fin y al cabo, ¿qué daño nos hacen los pequeños placeres de los demás?

 

Un llavero de pelo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s