Un llavero de pelo

Lo de la Juana se veía venir, que siempre ha sido muy rarita. Es verdad que se hacía respetar por todos, pero era una de esas personas que caminan sobre la delgada línea que hay entre quienes dan miedo y quienes resultan ridículos. Y ella caminaba fuerte, eh. Temblaba la oficina cuando cruzaba el pasillo al lado de nuestros escritorios, con esos 95 kilos de peso hacia el baño. Siempre a dieta, eso sí, comía piña y jamón cada día, “yo lo que tengo es mucha retención de líquidos y esto ayuda a deshinchar” – decía. La papelera de su despacho solía desarmar sus argumentos con bolsas vacías de pelotazos tamaño xxl.

La Juana era singular. Le gustaban los hombres con mucho pelo. “Es que si no tienen pelo, no son hombres de verdad” – nos decía. Repartía sabiduría gratuita con sus ciencuentaypico llenos de historias. Solía pedirnos que le hiciéramos aquellas preguntas que de adolescentes no nos habíamos atrevido a preguntar a nuestras madres, y aunque nunca nadie cruzó la línea, en sus días de mejor humor aprovechaba su propia cercanía impuesta para contarnos sus aventuras adolescentes sin ningún pudor.

Una de sus historias más recurrentes era la de su último novio, un sesentón con una barriga como de ocho meses de embarazo, nos contaba entre risas. “Estreñido desde pequeño, de siempre, de toda la vida. ¿Veis? Eso pasa por no saber captar las señales a tiempo. ¿Qué vas a esperar de un hombre que está lleno de mierda a explotar?” y se reía, muy fuerte y con la boca muy abierta, frente a la sonrisa tímida del resto de la mesa.

Un día trajo un llavero. Una bola pequeña rosa con una cadenita plateada. Lo posaba sobre la mesa al lado de su tupper y a veces lo atusaba mientras comía. Yo tardé en darme cuenta, pero enseguida empezó a ser el tema de conversación de media oficina. Al principio sólo lo sacaba a la hora de la comida pero después lo acariciaba también en las reuniones. Incluso había aparecido un día con un pequeño cojín rojo de terciopelo que colocó justo al lado del ordenador, para el llavero, claro.

Una vez me contaron que la vieron en el baño con él. Se reía sola, con el llavero en la mano, acariciándolo. Cuando se dió cuenta de que la miraban se puso blanca, pálida, como si la hubiera pillado viendo porno en el trabajo.

Al final nos acostumbramos. El rumor pasó a menos. La gente empezó a aceptarlo. Ya se sabe, la edad llena de manías y excentricidades a las personas, y ella como está sola…

Un día salió corriendo del baño, como una loca, como si tuviera que quitar la sartén del fuego justo antes de que estallara en llamas su cocina. LLegó hasta Laurita, la recepcionista, y empezó a balbucear: “LLama al fontanero, llama, ¡corre! tienes que hacer algo”. Se llevaba las manos al pecho secándose el sudor de las manos en la blusa y respiraba como si le fueran a explotar los pulmones en cualquier momento. “Que se me ha caído, no sé que he hecho que al levantarme, se me ha caído y como ya había tirado de la cisterna cuando metí la mano ya era tarde”. Laura se quedó muda, mirándola, sin reaccionar, y entonces la Juana se la echó a llorar allí, delante de todos. “Tú no lo entiendes, ¿verdad?” y se fue. Se cerró en su despacho y nadie la vió salir.

La semana siguiente no apareció por la oficina. Que estaba mala, había dicho.

El 28 de diciembre abrimos los papelitos minúsculos que habíamos sacado con los ojos cerrados de una enorme bola de cristal, y que nos asignaban una víctima para el regalo del amigo invisible. Vaya inocentada, ahí estaba: Juana Martín ponía en el mío.

La idea era fácil, claro. Me pateé medio Madrid en busca de un maldito llavero que fuera parecido. Los encontré en alguna tienda pero con orejas de gato o alguna patochada similar. Sabía que tenía que encontrar el llavero de pelo exacto, o no funcionaría. Acabé harta de souvenirs con el dichoso oso y el madroño, pero de repente un día, caminando por Lavapiés lo vi. Aquella miníscula tienda acumulaba en menos de veinte metros cuadrados infinidad de objetos curiosos y llenos de color, bolsos, artículos de decoración de todo tipo, bisutería y en el escaparate, clavados en un corcho, una selección de llaveros de lo más variopintos, entre ellos llaveros de pelo de colores. Elegí el rosa, el de la Juana, y el día de entregar los regalos lo dejé en una pequeña caja de madera en su escritorio.

Aquel día Juana tampoco salió de su despacho.

Los días siguientes Juana llegó a la oficina más risueña. Dejó de comer sólo piña y jamón. Había descubierto una nueva starapp que se dedicaba a cocinar tuppers para la gente que come en el trabajo y les contrataba cada día. Solía meter la mano en el bolso largo rato de vez en cuanto y yo sospeché que llevaba ahí mi llavero pero nunca se lo pregunté. Ella tampoco me dijo nunca nada. Al fin y al cabo, ¿qué daño nos hacen los pequeños placeres de los demás?

 

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Un llavero de pelo

Retomando viejas costumbres

2.11.2017. Empieza el nuevo curso, al menos para mí. Septiembre ha pasado corriendo de puntillas y octubre ha sido un mes húmedo y caluroso, con sabor a cilantro, con olor a Asia.

Ya no hace calor,  hemos pasado del “winter is coming” al “It’s already here“. Llevamos dos meses sobreviviendo sin Juego de Tronos, y toca ponerse serios con la rutina invernal. Al fin y al cabo no tiene nada de malo pensar ya en los propósitos de año nuevo, incluso ponerlos en marcha sin excusas, teniendo en cuenta que Carrefour ha tenido a bien poner ya un stand de polvorones, y villancicos en su hilo musical (de los clásicos de toda la vida además). Puede que este comentario esté desfasado y lleven sonando desde mitad de octubre, no lo sé, yo fui consciente ayer y sigo ojiplática.

Una vez un amigo me dijo: hoy día en internet hay dos tipos de blogs: los que acaban de abrirse y los que están a punto de abandonarse” y tenía razón. De eso hace ya unos años, cuando todavía estaba de moda hacerse un blog personal o abrir un tumblr. Ahora la cosa ha cambiado, parece que los blogs ya no se llevan, abrumados por todas las apps de rrss que ocupan prácticamente todo nuestro tiempo.

Este blog tiene muchos puntos y a parte en su historia. Muchas pausas. Muchos borrones. Igualmente siempre ha sido mi espacio para escribir de lo que me apeteciera contarles en ese momento. Incluso intenté ponerme seria y compartir mi experiencia de autoconocimiento profesional, emprendeduría, etc. Aquí sigue y seguirá para quien le interese, sólo hay que echar la vista atrás.

Tienes el don cuando escribes, de hacer parecer interesantes cosas que en el fondo no tienen ningún interés me dijo un amigo un día. Todavía repaso esa frase para saber si verdaderamente es un elogio. Lo cierto es que a mí me gusta escribir de todo y de nada, puede que de estupideces la mayoría del tiempo, pero me gusta escribir. Y no sé en qué momento dejé de hacerlo para dedicar mi tiempo a muchas otras cosas más, superfluas y poco interesantes la mayoría. En cualquier caso, noviembre es el mes para poner en marcha mis propósitos de “año nuevo”, mis rutinas invernales. Porque las rutinas son buenas amigos, que no les hagan creer lo contrario.

A quien le interese dedicarme unos minutos de su tiempo. Bienvenido otra vez, pase y póngase cómodo, le estaba esperando.

Retomando viejas costumbres

¿Qué harías tú si no tuvieras que hacerlo perfecto?

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En el teatro, y aún más en el cine, el peor error de principiante que cometemos todos consiste en tratar de hacerlo bien.

Estás ahí, con millones de horas de películas vistas a tus espaldas, con tu actor favorito en la mente, y te dan tu primer (o segundo, o tercer) papel. No eres la protagonista en Black Swan pero igualmente quieres ser Natalie Portman. Así que la visualizas a ella y planeas en tu mente cómo vas a decir el texto, qué cara vas a poner, incluso qué vas a sentir. Lo visualizas todo para hacerlo perfecto.

Claro que cuando llegas al ensayo nada de eso funciona, es más bien ridículo. Y si encima tienes una cámara delante de tu nariz, que parece que es capaz de grabar hasta lo que pasa por tu estómago, se hace más clara la evidencia de que no puedes engañar a nadie.

¿Por qué? – te preguntarás. Lo primero, porque no eres Natalie Portman. Lo segundo, y más importante, porque ella contaba con años de experiencia en el momento de meterse en la piel del cisne negro y tú acabas de empezar. Este es el mejor ejemplo que se me ocurre sobre lo que es “mezclar churras con merinas” – que por cierto, son ovejas – y sin embargo lo hacemos todos constantemente.

En el teatro estas ganas de perfección te bloquean, porque en vez de sentirte libre para probar, equivocarte y experimentar, el perfeccionismo es la negativa que te impide avanzar. 

Para un actor es vital ser vulnerable a lo que está pasando aquí y ahora, y dejarse empapar por las emociones del momento. Interpretar tiene mucho que ver con vivir y muy poco con actuar. Sin embargo, romper este perfeccionismo que nada tiene que ver con hacerlo bien, es el primer reto de cualquier estudiante de interpretación.

Hablo de los actores porque es lo que conozco y estoy viviendo, pero no somos las únicas víctimas. Le pasa a cualquiera en fase de creación: fotógrafos, pintores, escritores, guionistas… y también emprendedores.

Quieres hacer diez fotos y que éstas sean perfectas, cuando las exposiciones de los fotógrafos más conocidos se componen de las diez mejores fotos de toda su vida disparando instantáneas. 

Olvidamos rápidamente que aquellos que son grandes y admiramos hoy, fueron también gente que probó y pasó por hacerlo mal, pero no se cansó de intentarlo.

Así que personalmente, sigo fijándome en grandes actores y actrices, pero de vez en cuando me pongo algún vídeo como este para equilibrar.

En España se nos da muy bien criticar a quien empieza algo, a quien prueba. Parece que tienes que ser un experto en la materia para simplemente hacerlo. Cuando pienses que en otros países la gente es más creativa o tiene más ideas… párate a pensar en que quizá lo que pasa es que simplemente tienen menos miedo a correr el riesgo de probar. Así que lo intentan, juegan al ensayo-error tantas veces como sea necesario hasta conseguir algo increíble.

El perfeccionismo no es una búsqueda del mejor resultado final, es esa parte de nosotros mismos en plena ebullición que nos dice que ésto no es lo bastante bueno.

Un cuadro nunca está terminado, sólo se detiene en lugares interesantes – Paul Gardner

Si pudiéramos salir de nuestras cabezas y no pensar, si no pasar a la acción. Liberarnos de esos límites que nos autoimponemos por el miedo a parecer imbéciles. Si aceptáramos que hacer algo implica que pasemos por hacerlo mal. Si no nos exigiéramos el éxito, ni el reconocimiento por parte de los demás.

¿Hasta dónde podríamos llegar?

Carlos de Matteis, uno de mis profesores, nos dijo algo que se me quedó grabado justo antes de salir a actuar por primera vez:

No lo hagáis perfecto, la perfección no existe. Hacedlo lo mejor que sabéis hoy, porque mañana seréis mejores

   ¿Qué harías tú si no tuvieras que hacerlo perfecto?

¿Qué harías tú si no tuvieras que hacerlo perfecto?

Estar en paro y feliz no está bien visto

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Quedarse en paro es una putada.

La edad, la hipoteca, los niños… todo suma a la hora de ponernos las cosas difíciles y de meternos la urgencia para conseguir un trabajo “de lo que sea” en la boca del estómago con tal de ingresar una nómina a final de mes.

Y lo cierto es que el hecho de estar más liberados de cargas no nos alivia ni nos hace sentir mejor: yo no tenía ni hipoteca, ni hijos, y además contaba con el apoyo de mi pareja. Objetivamente podía relajarme, pero eso no impidió que por momentos, según iban pasando los días, me fuera haciendo más pequeñita, perdiendo la confianza en mí misma. ¿Es que nadie iba a darme ninguna oportunidad?

Aprendes a hacer malabares con cada céntimo, evitas cualquier mínimo gasto y dices adiós al más pequeño de los caprichos.

Ahora tu vida es infojobs, jobtoday y demás. Mandas más Cvs que whatsapp y te acabas convirtiendo casi en un adicto: yo acabé enganchada a los mails con nuevas ofertas dentro de mis motores de búsqueda, no es broma. ¡Después de conseguir trabajo seguía mirándolos inconscientemente! Pero bueno esto es otro tema, quizá dé para otro artículo.

De repente tienes todo el tiempo libre del mundo, pero llegas a ese punto en que tu cabeza no hace más que darle vueltas a la misma pregunta:

¿Y ahora qué voy a hacer?

Y eso no es lo peor: Más duro es ver con qué cara de pena te mira alguien que quizá acabas de conocer y te pregunta a qué te dedicas. Los ojos que te pone ese amigo al que notas que evita conscientemente preguntarte por trabajo porque ya le incomoda el tema hasta a él. Lo miserable que te sientes tú cuando tu pareja, tus padres, o quien sea te pregunta “¿qué tal te ha ido hoy? ¿qué has hecho?” y cómo esa pregunta tan cotidiana puede ponerte a la defensiva en un segundo, como si tuvieras que dar explicaciones.

Aunque quizá lo que más duela – y lo más injusto – sea ver cómo tu autoestima va mermando hasta casi desaparecer. Te cuestionas a ti mismo, lo que sabes hacer, y empiezas a pensar que quizá no sirvas para mucho más que quedarte en casa debajo del edredón. Al fin y al cabo hay gente muy preparada por ahí y tú…

y tú…

Deberías frenar esos pensamientos justo ahí.

El paro es otra etapa más, igual que has vivido miles, y que no va a durar para siempre. El mundo laboral es cada vez más precario y más difícil, lo escuchamos por todas partes pero no puedes seguir torturándote: Estar desempleado puede ser una oportunidad para redescubrirte, coger impulso y seguir hacia delante.

Como siempre, hay que verle el lado positivo, y en este caso está muy claro:

tiempo

Por fin tienes tiempo de explorar, de hacer cosas que te llenan, incluso de cumplir todas aquellas listas de cosas que hacer antes de los 25, o de los 30, o antes de morir y que estén ahora en tu mano. No tienen por qué ser cosas que impliquen mucho dinero.

Recupera una sensación de seguridad: cuando pierdes tu trabajo parece que cualquier cosa que hagas está automáticamente bajo el ojo que juzga de todos los demás. ¡No es cierto! tu vida no tiene por qué ser cuestionada, sigue siendo tuya.

Sea cual sea tu caso, estoy segura de que será clave que te valores, sigas confiando en ti mismo y cuides tu autoestima.

Cualquier meta se aleja si no crees en ti.

Y quizá sí, quizá lamentablemente te encuentres en una situación en que necesites un trabajo inmediatamente; pero en muchos casos no hay razón para tanta urgencia. Si te paras a pensar, puede que esa necesidad la estén imponiendo otros desde fuera o la estés sintiendo por culpa de las convenciones sociales que traemos en la mochila. Estar en paro y ser feliz no está bien visto, claro que no, pero está claro que tenemos que cambiar el chip para que las cosas también cambien.

Silvia, la que antes fue mi jefa y siempre ha sido amiga, hoy me ha dicho una gran verdad: cuando tú no estás bien, hay que tomar decisiones porque algo tiene que cambiar. Y si ese algo no puede ser – de momento – incorporarte en un trabajo, deberá ser al menos un cambio de actitud.

Así que si estás en esta situación desde aquí te animo a que te tomes todo el tiempo que necesites. A que explores, pruebes, dediques tu tiempo a lo que te apasiona, explotes tu creatividad, te descubras cada día y aprendas algo más sobre ti y sobre dónde quieres que se dirijan tus pasos.

Apuesto a que pronto habrá un giro de guión.

Contéstame a esta pregunta: ¿si no fuera una locura, qué te gustaría hacer?

Y ahora si estás subscrito a la newsletter, estate atento porque en estos días te mandaré un pequeño formulario de preguntas que buscan respuestas rápidas que puede que te sorprendan… y si no: ¿a qué estás esperando para estarlo?

Estar en paro y feliz no está bien visto

Los “noes” de tu vida

Desde niños, parte de nuestra educación está basada en un montón de “síes” y “noes” que sirven principalmente para protegernos de lo que nos espera fuera, para convertirnos en adultos menos vulnerables: “no metas los dedos en el enchufe, no comas tantas golosinas, estudia… etc.”

Todos ellos, se establecen en nuestra cabeza y son los responsables de buena parte de nuestras decisiones diarias. Algunos son básicos y necesarios para vivir civilizadamente, otros son culturales: convenciones sociales que nos vienen establecidas y que toman el control de nosotros mismos cuando ponemos el “modo automático”.

¿Qué es eso del modo automático?

Es ese software que se activa en nuestro cerebro y nos lleva a cumplir paso a paso lo que se espera de nosotros. Ese que te anima a seguir en una relación de pareja por el simple hecho de que lleváis diez años juntos, el que te empuja a seguir en ese trabajo que encontraste al salir de la universidad porque tal y como están las cosas, cualquier se plantea otra cosa… etc.

Está activo en todos y cada uno de nosotros en mayor o menor medida, y está muy bien ¿eh? Hay a quien le funciona perfectamente seguir el camino del éxito establecido, quien tiene pánico a ciertas dosis de riesgo en su vida, y lo que le da tranquilidad, seguridad y felicidad es precisamente no sacar un pie fuera de lo que llamamos “zona de confort”. Seguramente estás harto de escucharlo en todas partes. Tranquilo que no seré una más, pero si estás aquí es porque ese modelo automático a ti no te está funcionando.

Lo que de verdad me gustaría es que te plantees cuánto hay de verdad en eso. Cuánto de autenticidad, de ti mismo hay en esas acciones, en esas decisiones, en esa parte de tu vida; porque te diré una de mis grandes verdades: 

NO TIENES QUE SER LO QUE SE ESPERA DE TI

Cuando somos niños, nos es muy fácil soñar. Pensar que de mayor queremos ser astronautas, o bomberos. Bueno yo quería ser peluquera, que es menos exótico, pero igualmente soñaba sin parar. Seguro que tú también tenías alguna idea que fue apagada con un jarro de realidad. Quizá pintabas muy bien, y fantaseabas con la idea de estudiar pintura. Tocabas algún instrumento, y esas clases de música se han quedado en el tintero. O tal vez son las clases de baile, de tango, de teatro…

Puede que en algún momento confiaras en alguien para contarle tu sueño y te soltara un “no” que hayas guardado inconscientemente en la recámara porque fue el “no” que evaporó tu creatividad, tus ganas de soñar, y que activó ese modo automático porque pensar en otra cosa… ¿no vale la pena?

Es muy probable que esos “noes” se hayan clavado fuerte e inconscientemente se hayan convertido en los noes de tu vida. Los que, quizá sin darte cuenta, rigen un montón de decisiones porque ahora eres tú quien los ha adoptado y te repites a ti mismo que no vale la pena ya apuntarte a clases de canto.

¿Y si los destapamos?

Te propongo algo: coge papel y lápiz y en un rato que tengas para ti, sin que nadie te moleste, haz un viaje en el tiempo y escribe una lista con tus monstruos históricos. Esos que alguna vez te dijeron algo que aún hoy retumba en tu cabeza. Sí, aquel imbécil de sexto que dijo que eras el peor delantero del mundo; o aquella pedorra que te dijo que con tantas faltas de ortografía cómo ibas a querer ser escritora…

¿Crees ahora que tenían razón?

 

Los “noes” de tu vida

Con toda tu ira

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Hay un momento en la vida que no sé por qué despiertas. Algo cambia. Algo detona lo inevitable y parece que toda tu paciencia se te haya escurrido entre los dedos.

Que si nos hacemos mayores, que si yo ya estoy “pasado de vueltas”, que si ya no tengo tanta paciencia… Seguro que tú también has dicho una de estas frases o similar. A mí me pasó, hace algo más de un año. Vivir un ERE y todo lo que supone encendió la chispa del “hasta aquí las tonterías” aunque en ese momento todavía no era consciente.

¿Y qué cambia?

Cambia que de repente te encuentras en situaciones donde conformarse ya no vale. Estás ahí frente a una injusticia o frente a un escenario que ya no te encaja y simplemente no puedes dejarlo pasar y entonces llega ella: la ira. La sientes en tu estómago, la sientes como arde y te sube por la garganta hasta que se te hincha la vena y te cambia la cara.

¿Qué te voy a contar? ya sabes de lo que hablo. ¿Y ahora qué? ¿Aprender a controlarla? No, gracias. 

La ira es como un combustible.

La sentimos y queremos hacer algo. Necesitamos cambiar algo. Sin embargo como normalmente lo primero que nos viene a la cabeza es tirar la mesa de la oficina en este plan, tendemos a ignorarla por nuestro propio bien y el de los que tenemos al lado. Pero no, la ira hay que escucharla. 

Y es que no es más que una voz interior que como un mapa, nos marca nuestros propios límites. Es nuestro “por ahí no paso”. Desde luego no hay que actuar nunca movidos por ella, pero sí hay que atenderla porque nos marca la dirección, nos indica el camino, hacia dónde queremos ir.

Es señal de que nuestro cuerpo no está siguiendo la corriente sino que estamos bien despiertos en busca del cambio, de la mejora.

¿Cuántas veces no tenemos ni idea de lo que queremos pero sí que tenemos claro por dónde no vamos a pasar?

La ira es el combustible que a veces necesitamos para coger fuerzas hacia una nueva vida.

Con toda tu ira

Qué hacer ante una decisión difícil

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Te preguntarás qué pinta Arnold Schwarzenegger inaugurando este artículo. Efectivamente has adivinado la respuesta: no pinta nada, sólo que tenía esta foto por ahí, no me preguntes por qué, y creo que no hay ocasión mejor (ni peor) para publicarla así que aquí está, disfrútala.

Bien, superado lo de Arnold, vayamos al tema que nos ocupa: Las decisiones jodidas.

Seguramente entiendas como decisión “difícil” aquella del tipo: ¿estudio magisterio o derecho? ¿me compro una casa o no? ¿tengo hijos o no? ¿me mudo a Madrid o Barcelona? ¿me hago actor o gobernador? En fin, ya habéis captado lo que quiero decir, al hablar de decisiones difíciles, todos pensamos en temas trascendentales aunque si lo piensas, no tiene por qué.

Lo que convierte una elección en algo fácil o complicado son sus alternativas. En las primeras, tenemos delante de nuestras narices una opción que claramente es mejor que la otra. Es medible objetivamente. Algo así como: ¿qué prefieres que sea lunes o sábado? Sin embargo en las chungas, tenemos cosas buenas y malas en cada una de las alternativas.

Entonces es cuando hacemos listas infinitas de pros y contras, intentamos que una sume más puntos positivos, buscamos quizá la opinión de los demás… Nos acabamos volviendo locos porque lo cierto es que ninguna alternativa es mejor que la otra. Yo al menos pierdo horas, días, semanas, haciendo millones de listas porque:

a) me encanta hacer listas de cosas, para qué negarlo, tengo un blog y eso lo llevamos en la sangre.

Y b) necesito analizar absolutamente todas las posibilidades antes de decidir algo.

Pero repito: ninguna alternativa es mejor que la otra

Así que cuando estamos frente a una pregunta del tipo: ¿emprender o buscar trabajo? ¿seguir en este empleo o cambiar? ¿vivir en la ciudad o en el campo? ¿comer melocotón o piña? si no existe una alternativa realmente mejor ¿qué hacemos?

Pues lo normal es que actuemos en base al miedo y optemos por la salida más segura dándola así por buena.

Pero si realmente no hay una opción que sea mejor que la otra, ¿no te parece ridículo este comportamiento? Si no hay salida “buena”, ¿porque no coger la que quieras? en vez de estar buscando unas justificaciones objetivas que no existen.

Una idea muy obvia, pero que – imagino que como tú – no me había parado a pensar nunca hasta hace muy poco.

Sigo siendo un poco desastre tomando decisiones pero hay algo que ha cambiado:

Cuanto tengo que tomar una decisión difícil dejo de buscar razones objetivas fuera de mí para buscarlas dentro: ¿qué quiero de verdad hacer yo? 

Doy por hecho que las dos opciones juegan en la misma liga, que una no es más válida que la otra, que no hay posibilidad de equivocación real. En ambas me puede ir bien o mal. Así que empiezo a buscar, a definir razones subjetivas que me importan a mí y tomo la decisión en base a ellas. Estas verdades, son las que me identifican como persona. Las que me diferencian del resto. No sé qué elegiría otro en mi situación pero sé lo que elijo yo, aunque no tenga ninguna garantía de acierto.

Así que cuando estés en una situación así, deja a un lado los motivos que te vienen dados objetivamente para sacar los tuyos propios, y ser fiel a tus ideas. Es la clave para construir, a golpe de decisiones difíciles, la persona que quieres ser. 

 

 

 

Qué hacer ante una decisión difícil