Aquella tarde no tenía nada de especial. El tren llegaba por fin a mi estación. Como cada día era más tarde de lo esperado, y toda la actividad mental que me queda a esas horas se concentra en cargar con el libro, los cascos, la bufanda, los guantes, el gorro y el abrigo. Salté al anden abriéndome hueco entre la gente, con paso apresurado como siempre. En esta ciudad lo normal es ir corriendo a todas partes aunque ni siquiera tengas prisa.
Ella captó mi atención de inmediato. Morena, pelo corto, vaqueros ligeramente anchos y abrigo negro. Una chica completamente normal y similar a cualquier otra, con una sola diferencia: ella llevaba un bastón blanco y unas gafas oscuras que escondían sus ojos. Era ciega. La observé por un instante intentando adivinar si necesitaba ayuda para llegar hasta la salida, pero se mostraba segura y decidida. Me sigue sorprendiendo enormemente esa capacidad de super héroe para moverse por el mundo como si nada, cuando has sido privado del sentido de la vista. Yo no llego ni siquiera a imaginarlo, no sabría dar dos pasos sola sin romperme la cabeza varias veces.
Me paré en seco cuando vi que ella se detenía hacia la mitad del andén. Se quedó quieta, dando pequeños golpes con el bastón en el suelo. Pum, pum, pum. Eran rítmicos, aunque en un primer momento no pude más que imaginar que se trataba de los golpes usuales que utilizar para reconocer el territorio, saber si de repente hay un escalón o una pared justo delante. Volvió a caminar, un par de pasos, y se detuvo de nuevo. Pum, pum, pum. Yo no entendía nada y tenía prisa, así que continué mi camino hacia la salida. Cuando llegaba a la puerta le vi a él. Alto, moreno, con algo de barba, gafas oscuras, bastón blanco. Ciego. Golpeaba el suelo con los mismos golpes acompasados. Pum, pum, pum. Demasiada casualidad. Yo no podía con la curiosidad así que no quité ojo de la escena que se desarrollaba frente mi.
Él camino hacia ella. Ella camino hacia él. Pum, pum, pum. De repente se chocaron. Sus cuerpos sufrieron esa clase de colisión que uno espera durante horas. Se notó a una legua de distancia. Rieron y se besaron. Aquello era una cita entre dos personas ciegas que se encuentran sin verse. Tremendo.
Esto pasó de verdad, una tarde cualquiera en un andén cualquiera. Pasó lejos de la mirada de la mayoría de la gente. Pasó, a pesar lo improbable e increíble de presenciar algo así. Pasó hace algo más de una semana, pero hoy ha vuelto a mi mente junto con la necesidad de plasmarlo en alguna parte, junto a la necesidad de dejar(me) escrito que cosas como esta son posibles. Como quien escribe en una servilleta que acabas encontrando tiempo después arrugada en alguna parte. Dejar(me) escrito que a veces el amor y las historias que merecen la pena se abren paso entre toda la mierda que nos rodea. Necesitaba dejar(me) escrito que todo esto existe. Dejar(me) escrito que llegará un día en que yo vuelva a creer.

Algo bueno tiene que tener tantas idas y venidas en tresn precioso momento